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Los barrios se fundan dos veces: cuando se instalan los primeros vecinos y
una ordenanza municipal bautiza el conjunto de manzanas con un nombre propio,
casi siempre alusivo a sus orígenes, y cuando siglos más tarde la dinámica
urbana los pone de moda. Habiéndose Palermo Viejo devorado a sí mismo, saturando
sus zonas de casas bajas con locales comerciales, es el turno de Chacarita o
Palermo dead, como lo llaman cariñosamente los vecinos más jóvenes, y en honor a
la verdad: en 172 cuadras hay tres cementerios históricos (Chacarita, el Alemán
y el Británico).
Pero, lejos del mote funesto, el barrio está vivito y coleando. Como otros
rincones urbanos combina ruido y paz, y entre sus calles anchas, veredas
arboladas y casonas de pasillos largos encontraron refugio productoras de
televisión, agencias de publicidad, personajes famosos y profesionales que
emigraron de Palermo y Belgrano para vivir y trabajar en un lugar menos expuesto
y más accesible. Acompañando la migración, en los últimos cinco años se fue
poblando de espacios culturales y de gastronomía. "Dorrego hasta avenida Forest
se desarrolló muchísimo, hay artistas que viven por ahí -cuenta Alejandra
Covello, de la Inmobiliaria Covello, que tiene dos emprendimientos en la zona-.
Con un buen nivel de transporte tenés todo para ir a cualquier parte de la
ciudad, se pone de moda porque los barrios cotizados como Palermo y Belgrano se
vuelven inalcanzables para el público."
Si bien el crecimiento es parejo, todo indica que las calles Jorge Newbery y
Dorrego y sus alrededores concentran los inmuebles con buena relación entre
precio y m2. "Durante más de diez años tuve local en Cerviño y Scalabrini Ortiz,
pero el alquiler se fue muy arriba y tuve que cerrar", comenta Gabriela Chicola,
dueña de un taller de cuadros y marcos que también funciona como galería de
arte. Hace cuatro años encontró una casa antigua de 150 metros que hoy alquila
en 3000 pesos a una familia que vive al fondo. Coincide en que Chacarita está
cambiando. "Está lindo, hay nuevos locales, acá enfrente, por ejemplo, unas
chicas fabrican unos zapatos preciosos. Pero falta para que madure.
"Mientras uno espera que eso pase, se va poniendo viejo y le suben el
alquiler. En 2009 ya me lo subieron."
En la cuadra siguiente abrió Gargantúa, teatro cuyo propietario es el actor
Carlos Belloso, vecino del barrio. A pocos metros inauguró una escuela de danzas
en un edificio recién construido y con un coqueto deli-bar en su planta baja.
Metros más allá está La Nube, centro cultural para chicos cuya fachada pintada
de corazones lleva la impronta de la diseñadora Agatha Ruiz de la Prada, que
donó el mural a la ciudad. Hace cinco años, unas cuadras más arriba, en Vera y
Newbery abrió Santa Gula, restaurante pionero del lugar. Su ex propietaria,
Denisse Querol, ahora es inquilina de una fabulosa esquina en Dorrego y Vera,
donde inauguró Le Blé, una coqueta cafetería y boulangerie que funciona en un
local reciclado que antes albergó una clásica pizzería.
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Los negocios gastronómicos ganan espacio en la zona |
Marina Gambier, 15 de febrero de 2010
Publicado en La Nación
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